Hace un par de semanas  iniciamos un particular recurrido por la evolución social/cultural del acto de ir al baño, centrándonos en explicar brevemente como nuestros predecesores históricos realizaban sus necesidades fisiológicas en la época prehistórica, egipcia y romana. Hoy os traemos el segundo capítulo, centrado en la Edad Media. Bienvenidos a Ir al baño en la Historia: II

La imagen que se tiene de este extenso período histórico -el cine y las series tienen mucho que ver en ella- es el de extrema suciedad. Pero parece que la realidad era, al menos en los núcleos urbanos, algo distinta, ya que a la higiene más básica, o a bañarse, se le asociaban virtudes terapéuticas. Sin llegar al nivel de las termas de la Roma Imperial, ya que los baños públicos eran mucho más rudimentarios, tinajas de madera con agua caliente en las que cabían dos o tres personas, éstos florecieron en las grandes ciudades europeas en el siglo XIII, extendiéndose en localidades más pequeñas hasta el siglo XV. Pero parece ser que la actitud condenatoria de la iglesia -consideraba el baño un lujo innecesario y pecaminoso- y las grandes epidemias del medievo cambiaron drásticamente los hábitos, ya que se pensaba que el agua era la culpable de los contagios.

Rueda de la orina de principios del siglo XVI, describiendo color, olor y sabores para asociarla con las enfermedades.
Rueda de la orina de principios del siglo XVI, describiendo color, olor y sabores para asociarla con las enfermedades.

Desafortunadamente, en las casas medievales no solía haber desagües ni lavabos, por lo que habitualmente las necesidades acababan realizándose en las esquinas, callejones y patios traseros, donde se solían instalar las letrinas, si había más recursos. Los desechos que se acumulaban en los baños se vertían en fosas o pozos negros. Es sabido que con frecuencia estos pozos estaban junto a los de agua potable, disparando el riesgo de enfermedades.

Sin embargo -y perdón si rozamos la escatología- la orina humana tenía muchos usos. Se recogía en vasijas dispuestas en las calles y rellanos de las escaleras, usándose en las lavanderías por su alto contenido en amoniaco. Y por muy desagradable que nos parezca hoy en día,  los europeos de la época usaban su propia orina como enjuague bucal.

Parece que la costumbre se hizo muy popular en España. En la obra del siglo XVI Coloquio sobre la Materia de la Boca y Maravillosa Obra de la Dentadura, el licenciado Francisco Martínez aconseja lavarse la boca con agua fresca por la mañana para templar el color de las encías y luego usar los orines. En cambio dicha práctica tenía sus detractores fuera de la península, como refleja este demoledor comentario de Erasmo de Rotterdam: “Es preciso ser muy cuidadoso de tener los dientes limpios, pues blanquearlos con polvos es propio de jovencitos. Frotarlos con sal y alúmina es muy perjudicial y servirse de la orina para este propósito es cosa de españoles“.

Concluimos aquí este segundo capítulo de la historia… de ir al baño. ¡Hasta la siguiente entrega!