El papel higiénico es todo un bien de primera necesidad, equiparable al pan o el agua. Y es que, sin él, ir al baño sería algo de lo más desagradable. Ahora bien:

¿Cuánto hace que forma parte de nuestra rutina de evacuación?

Antes de su invención, alrededor de 1880, se utilizaban materiales de lo más diversos: lechuga, hojas de maíz, trapos, pieles, césped…En la Antigua Roma era habitual asearse con esponjas empapadas en agua salada, mientras que los antiguos griegos utilizaban trozos de arcilla y piedras. ¿Os imagináis tener que asearos con piedras? Las clases altas siempre han disfrutado de métodos más “cómodos”: los romanos de alta cuna se aseaban con lana empapada en agua de rosas y las hojas de cálamo eran un material de moda entre las clases altas.

Los antiguos chinos ya inventaron una especie de papel para el aseo, todo un lujo que sólo se podían permitir el emperador y la nobleza.

Pero a todo esto, ¿cuándo se inventó el papel higiénico tal y como lo conocemos?

El papel higiénico empezó a comercializarse en 1857 gracias a Joseph C. Gayetty, quien inventó láminas de papel humedecidas con aloe vera y bajo el nombre de “El papel medicinal de Gayetty”. ¿Su precio? Solo apto para unos pocos.

Unos años después ya empezó a comercializarse el papel enrollado que hoy todos conocemos. Fue un momento complicado para sus impulsores, ya que anunciar este producto estaba moralmente mal visto. En 1935 se lanzó al mercado un papel higiénico mejorado sin impurezas: toda una revolución que nos demuestra la evolución de este producto de primera necesidad.

Pero aquí no acaba todo: después de la Segunda Guerra Mundial se incorpora la doble capa de papel al rollo, y recientemente lociones de ingredientes naturales como el karité. El objetivo: ¡que la piel no quede irritada!

¿Qué haríamos sin el papel higiénico? Nos ha dado momentos de alegrías (¡claro que sí!), y es un producto de lo más versátil. Hay quien crea vestidos con este material.